Médicos de ciencia y conciencia



En primer lugar quisiera agradecer a las autoridades de la Facultad y a los autores por darme la oportunidad de comentar esta historia de la Escuela de Medicina que se publica con motivo de sus 75 años de vida.
El libro Médicos de Ciencia y de Conciencia, de los profesores Juan Eduardo Vargas, Benedicto Chuaqui e Ignacio Duarte, es un libro notable desde por lo menos tres aspectos. Los autores han realizado un acucioso trabajo de búsqueda en los archivos de la Universidad y de la Escuela, y han entrevistado a los actores y testigos de los acontecimientos que narran, a lo que se suman las experiencias del doctor Chuaqui, que ya no está entre nosotros, y del doctor Duarte. Este trabajo en las fuentes ha sido posible porque la Facultad ha conservado sus papeles, una medida que no siempre se da al interior de la Universidad, y que es digna del mayor encomio.
Un segundo aspecto digno de destacar es la multiplicidad de los temas abordados. Esta es no es solamente una historia de la institución y de sus vicisitudes. Es también la historia de sus profesores, de sus logros como médicos y como investigadores. Es la historia de sus alumnos y sus inquietudes; de la convivencia interna, y de los esfuerzos por formar médicos conscientes de la dignidad de la persona humana. Es la historia del Hospital Clínico, de su desarrollo y de los avances técnicos introducidos.
Por último, es preciso destacar la libertad con que los autores han abordado la historia interna, sin esconder las dificultades y los conflictos en el camino, y por lo mismo, tanto más valiosa en cuanto se percibe claramente que, más allá de las diferencias de opinión, hay un objetivo común respecto del futuro de la Escuela.
De la lectura de la obra nacen algunos comentarios que quiero compartir con Uds. En primer lugar hay que decir que el propósito de crear una Facultad de Medicina en la Universidad se remonta a sus mismos inicios. Recordemos que la Universidad Católica fue fundada como respuesta de la Iglesia al laicismo militante que marcó la vida política chilena de los años 1880. Se trataba de formar profesionales católicos que influyeran en la sociedad, con un sentido parecido a las exhortaciones de Juan Pablo II, un siglo más tarde, para evangelizar la cultura.
Por el prestigio de la profesión médica y la gravitación de sus opiniones en la esfera pública, era lógico que las autoridades universitarias quisieran contar con una Escuela de Medicina. Pero no era el motivo fundamental: Un decreto del Arzobispo de Santiago manifestaba su necesidad por el
… interés de la sociedad de formar médicos en quienes las familias cristianas depositen su entera confianza, ya por su solidez y amplitud de conocimientos, ya por la identidad de sus creencias.
En dos oportunidades, las iniciativas para organizar una Escuela de Medicina fracasaron por la falta de recursos. Resulta innecesario advertir a los presentes que la formación de médicos es una actividad muy costosa. Quizás entonces el costo no era tan alto como ahora; pero también hay que considerar que en aquellos años la Universidad era muchísimo más modesta.
El tercer intento -y la tercera fue la vencida- tuvo lugar durante el rectorado de Monseñor Carlos Casanueva. Aún don Carlos, que tenía una capacidad legendaria para conseguir recursos, se vio sobrepasado en un comienzo por la magnitud de la tarea, y debió empezar con una Academia de Medicina que sirvió de plataforma para la futura escuela. Pese a la anticipación con que se había emprendido la tarea, cuando la Escuela inició sus actividades en 1930, el edificio que debía albergarla aún no estaba terminado.
La puesta en marcha de la Escuela coincidió con el inicio de la Gran Crisis que afectó al país en forma particularmente dura. No es de extrañar, pues, que hasta los años 40 la Católica solo impartiera los dos primeros años de la carrera, es decir la parte general de la formación que no requería un equipamiento médico demasiado costoso como sucede con la etapa clínica. Terminados estos cursos, los estudiantes debían continuar su formación en la Universidad de Chile. Esta dependencia de la Universidad del Estado era reforzada por el hecho que nuestros alumnos debían rendir sus exámenes ante comisiones de aquella. Recordemos que, conforme al Estatuto Universitario de 1931 sólo la Universidad de Chile podía otorgar el título de médico cirujano.
En esta primera época, la Facultad tenía una institucionalidad poco desarrollada, por así decirlo. Era el propio Rector quien tomaba todas las decisiones, sin perjuicio de hacer las consultas del caso. Dicho estado de cosas, propio de lo que era entonces nuestra universidad, podía funcionar porque la Escuela era pequeña.
Una segunda etapa en la historia de la Facultad se inició a partir de 1942 cuando se abrieron los cursos de tercer año en adelante, si bien el séptimo año correspondiente al internado, sólo se llegó a crear en 1956. El hospital clínico, elemento indispensable para el desarrollo de los mismos, ya estaba virtualmente terminado y entró a funcionar el ‘43. Gracias a generosas donaciones, en los años siguientes el hospital se fue ampliando y equipando, tanto para acomodar las especialidades que se incorporaban a la carrera como para atender a las crecientes necesidades de toda institución pujante.
El crecimiento de la Escuela también implicó cambios en su régimen económico. Según nos informan los autores, hasta comienzos de los años 50, los ingresos propios de la Escuela, incluyendo el aporte fiscal y otros, guardaban relación con los gastos. A partir de entonces, empero, el aumento de los gastos del hospital y los efectos de la inflación, que se agudizó por esos años, hizo necesario efectuar transferencias de los fondos centrales para saldar la diferencia.
Otro elemento que marca un cambio, es el desarrollo de la investigación científica al interior de la Escuela. Esta se había iniciado en la época heroica, pero fue en los años 40 cuando adquirió nuevo dinamismo gracias a aportes externos para pagar a un grupo de investigadores, y equipar los laboratorios. A través de las páginas del libro, es posible apreciar la conformación de un grupo de profesores que se dedicaron de preferencia a estas tareas, a partir del cual se formó, (en 1952), una Escuela de Ciencias Biológicas al interior de la Facultad. Esta es el origen del Instituto –más tarde Facultad- de Ciencias Biológicas, constituido como unidad académica aparte en 1970. En este período también aumentaron las estadías de especialización en el exterior y el contacto con profesores extranjeros, tanto en el área de las ciencias básicas como en las diversas especialidades de la medicina.
La experiencia adquirida en más de dos décadas de existencia y los avances en la disciplina pusieron en evidencia la necesidad de reformar y modernizar el plan de estudios. Los cambios realizados en este sentido coincidieron con las gestiones para lograr la plena autonomía de la carrera. Como dijimos, los alumnos debían rendir los exámenes de cada materia ante comisiones nombradas por la Universidad de Chile. Para alterar dicho estado de cosas, se requería de una ley cuya aprobación no se veía fácil. Uniendo fuerzas con la Universidad de Concepción, que deseaba lo mismo para su escuela de medicina, se llegó a una transacción. Las universidades tendrían autonomía en materia de exámenes y podían otorgar la licenciatura en Medicina, pero la concesión del título de médico cirujano siguió en manos de la Universidad de Chile. La aprobación de esta ley, que coincidía con las bodas de plata de la Facultad en 1955, era un reconocimiento a la madurez y prestigio que había alcanzado nuestra Escuela.
Se dice que el crecimiento trae más crecimiento, y así sucedió con la Escuela de Medicina. Al tener siete cursos, la infraestructura física se hizo insuficiente para las necesidades. Gracias a una serie de donaciones se mejoró y modernizó el equipamiento y se agrandó el hospital. Aumentó el personal médico y administrativo y mejoraron sus remuneraciones; se multiplicó la actividad de investigación y aumentaron las becas de perfeccionamiento en el extranjero. Un paso importante en este proceso de crecimiento fue el aumento de las vacantes de primer año, de 35 a 70 alumnos en 1963, aumento destinado a atender la creciente demanda de médicos en el país, lo que implicó un tremendo esfuerzo de parte de la Escuela.
Esta expansión de las actividades para atender a los requerimientos de la docencia y de investigación, fue generando un déficit operacional. Para cubrirlo, se requerían transferencias de fondos centrales cada vez mayores, una exigencia que la Universidad difícilmente podía enfrentar. Ello dio origen a vehementes disputas entre la Facultad de Medicina, que abogaba por las necesidades de la escuela y de su actividad científica, y el Consejo Superior y su comité económico que trataba de ordenar las finanzas universitarias. Por otra parte, y al mismo tiempo que el manejo de la Escuela se hacía más complejo, aumentaron las quejas de los profesores por el estilo de gobierno de la Facultad. Querían ser consultados en las decisiones que se tomaban y tener una ingerencia en la designación de las autoridades.
En el fondo, el crecimiento de la Escuela y de la Universidad entera había traído consigo la crisis del modelo antiguo de administración y financiamiento. Este hecho coincidía con un ambiente a favor de los cambios que marcó la sociedad chilena de la época y que desembocó en la llamada Reforma Universitaria iniciada en 1967. De la lectura del libro queda la idea que la Facultad de Medicina logró evitar los excesos de la primera etapa de la Reforma, en parte porque había iniciado con anterioridad su propio proceso de modernización y también por las exigencias que implicaba mantener el funcionamiento regular de las actividades clínicas.
No obstante los trastornos de comienzos del decenio siguiente, la Escuela continuó creciendo: se desarrolló la formación de graduados, se suscribió el convenio con el hospital Sótero de Río, que permitió suplir la estrechez de nuestro hospital clínico, se aumentó la investigación médica y se reformó el programa de estudios.
El cambio de régimen a partir de 1973 no significó un freno al proceso de modernización de la Universidad, sino más bien una continuación del mismo pero dentro de un marco de orden. Fue así como muchas de las iniciativas surgidas en la etapa anterior se materializaron en este período: se organizaron los departamentos como las unidades académicas básicas, se estableció la carrera académica con un régimen de evaluaciones periódicas y se reglamentó la práctica privada de los médicos de la Escuela.
Una innovación importante en este período fue la política de autofinanciamiento. La crisis económica de mediados de los 70 hizo imposible seguir cubriendo los crecientes déficits de la Escuela, o más exactamente del hospital, y amenazaba las finanzas de la Universidad entera. En medio de temores de recorte de personal, las autoridades de la Universidad de aquel entonces propusieron limitar el aporte de fondos centrales al 90% de la planilla de remuneraciones a cambio de la autonomía financiera. Esto significaba que todas las economías que se hicieran en el manejo del hospital, irían en beneficio de la Escuela. La propuesta fue aceptada por la Facultad, quizás porque, según cuenta la tradición oral, había, efectivamente, un amplio margen para mejorar la eficiencia.
Al cumplir medio siglo de existencia en 1980, la Facultad de Medicina recibió un regalo inesperado. El DFL N° 1 de diciembre de ese año, que normaba el sistema de educación superior, abrió la puerta para que nuestra universidad pudiera otorgar el título profesional de médico cirujano, que, como vimos era una antigua y sentida aspiración nuestra. Ese mismo año había culminado otra iniciativa: entró en funcionamiento el Centro de Diagnóstico de San Joaquín, cuya construcción había estado paralizada durante varios años por falta de recursos.
Todo ello fue motivo de satisfacción para la Escuela, pero también presentaba desafíos. Si la Universidad tenía la capacidad para otorgar el título de médico, también debía tener la capacidad para impartir todas las especialidades requeridas para la formación de un médico. Al mismo tiempo, y sin perjuicio de las labores asistenciales, la Facultad se proponía potenciar las actividades de investigación y formar las generaciones de reemplazo. Se trataba, en suma, de llegar a la plenitud de su quehacer universitario, un propósito que, explícito o no, marca con su sello el último cuarto de siglo de nuestra historia.
La autonomía docente y el desarrollo de la investigación implicaban más profesores, más laboratorios y más espacio físico para acomodarlos. Siendo que la Universidad no estaba en situación de asumir el costo de todo ello, los recursos debían provenir de préstamos cuyo servicio sería financiado con los servicios asistenciales prestados por la propia Escuela. Esta política de autofinanciamiento no contó con la aprobación unánime al interior de la Facultad, pero resultaba el único camino posible para atender debidamente las múltiples necesidades y proyectos. En los años siguientes, hubo momentos difíciles, según se cuenta en nuestra historia, pero la aplicación de medidas oportunas, ha permitido salir adelante.
La expansión de mediados de los 80 hizo que, en el transcurso de dos años hasta 1985, se duplicara la superficie de los espacios ocupados por la Facultad. En medio de todo ello, estuvo el terremoto de ese año que afectó las instalaciones del hospital y los efectos de la situación económica que vivía el país. En los años siguientes se agregó el Nuevo Pensionado y la ampliación de otras dependencias que extendieron los espacios para las actividades asistenciales.
El crecimiento de la Facultad tanto en su vertiente académica como asistencial, y no es fácil separar la una de la otra, planteó la necesidad de cambios en su ordenamiento interno, tanto a nivel de los departamentos como en el manejo de los servicios de salud. A medida que la organización se hacia más compleja se requería de una estructura que fuera más eficiente en la toma de decisiones. La tendencia fue hacia la verticalidad en el nombramiento de las autoridades y un mayor control sobre los aspectos económicos de parte de la Dirección Superior.
Para el tratamiento de los últimos quince años, y ante las dificultades metodológicas que plantea la historia reciente, los autores se han basado principalmente en las cuentas rendidas por los decanos. La tónica general de las mismas, está dirigida a adaptar a la Escuela a los requerimientos de la sociedad de hoy, a los vertiginosos avances en la medicina contemporánea, a las nuevas tendencias en la educación médica, y a los actuales modelos en la atención de salud. Sin perder de vista el objetivo de mantenerse a la vanguardia de la ciencia médica, aparece el propósito de enfatizar la formación antes que la información, en la enseñanza de la disciplina, teniendo presente nuestro carácter de institución de Iglesia. Cuando la Escuela y la Universidad entera, buscan su modelo ya no al interior del país, sino en las grandes universidades norteamericanas, no me parece mal que se retorne a las propias raíces para formar médicos de ciencia y de conciencia.
La historia de la Escuela de Medicina es obra de muchos médicos: no sólo de las autoridades de la Facultad sino también de tantos otros profesores que aportaron sus ideas, su trabajo y su dedicación al progreso de la misma. Si en esta presentación me he cuidado mucho de dar nombres es porque el tiempo no alcanza para mencionarlos a todos – ya me he extendido demasiado- y no quiero incurrir en omisiones injustas. Los autores, en cambio, han sido particularmente escrupulosos en recoger los aportes de cada cual, ya sea en el gobierno de la Facultad, ya sea en los avances de la medicina, en la labor docente y en la actividad formativa y pastoral. Confirma este aserto las 12 páginas del índice onomástico al final del libro.
Antes de terminar, quiero traer a colación una frase de C. Northcote Parkinson -el autor de la Ley que lleva su nombre, quien sostiene que “la planificación perfecta del espacio físico sólo se logra por instituciones que están al borde del colapso”, a lo que agrega que “la planificación perfecta en síntoma de decadencia”. Esto me vino a la memoria al estudiar el Plano Histórico (p. 605) que muestra las dependencias ocupadas por la Facultad de Medicina en la Casa Central hasta 1991. Lo que se aprecia es una expansión desordenada pero vigorosa que se ha ido dando conforme al crecimiento de la Facultad. Si se hubiese actualizado dicho plano, veríamos que el área marcada atravesaría la calle Marcoleta hasta Diagonal Paraguay y que se extendería por la calle Lira. Todo esto sin contar las demás dependencias de la Red de Salud UC que están repartidas por todo Santiago. Conforme a todo lo dicho, vemos que, al cumplir sus 75 años de vida, la Facultad de Medicina goza de muy buena salud y de gran vitalidad.
No me queda más que felicitar a las autoridades de la Facultad de Medicina por la iniciativa de recoger su trayectoria en este hermoso libro, y a los autores de la obra por la espléndida labor realizada.

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