Médicos
de ciencia y conciencia
Señor Rector
Señor Secretario General
Señores Decanos
Señores Directores
Profesoras y Profesores
Amigas, Amigos
Sean mis primeras palabras para agradecer
al doctor Ignacio Duarte –y, permítanme decirlo,
también espero que al doctor Benedicto Chuaqui- el honor
que me han concedido al pedirme que hable en nombre de los autores
del trabajo que hoy se presenta.
Hay, sin ninguna duda, muchas maneras de referirse a una investigación.
Pero, después de conversar con el doctor Duarte, estimamos
que el camino más apropiado era reconocer a quienes hicieron
posible elaborar esta historia, en el entendido de que siempre
la creación intelectual es posible gracias a lo que otros,
en los más diversos campos, han hecho con anterioridad.
Hace aproximadamente cuatro años fui invitado por el
doctor Benedicto Chuaqui, en nombre del doctor Gonzalo Grebe,
que entonces comenzaba su decanato en la Facultad de Medicina,
a participar en un proyecto que aspiraba a escribir la historia
de la Escuela de Medicina. Sin pensarlo mucho dije que sí,
entusiasmado por la posibilidad de continuar estudiando temas
relacionados con la historia de la salud que desde hacía
algún tiempo formaban parte de mis intereses. Pero creo
que también influyó en esa decisión la
confianza que me daba trabajar con el doctor Chuaqui. Sus conocimientos
–que había comprobado en las reuniones que organizaba
el Programa de Estudios Médicos Humanísticos-
y, sobre todo, su personalidad me aseguraban que la investigación
llegaría a buen puerto. Muy pronto percibí que
no me había equivocado y que estaba a mi lado alguien
que me enseñaba, que me abría los ojos a temas
que desconocía y me sugería de qué manera
abordarlos, sin que sus indicaciones –debido a que su
humildad intelectual lo hacía huir de cualquier atisbo
de soberbia- hirieran mi ignorancia.
El libro que hoy presentamos debe mucho a dicha figura, en primer
lugar porque estableció cuáles habían sido
las etapas en la historia de la Escuela de Medicina y los temas
que debían tratarse para iluminar los rasgos fundamentales
de su existencia y, en segundo término, porque escribió
parte de los primeros cinco capítulos. Con todo, yo creo
que su gran aporte radica en la pasión con que trabajó.
Con gran dedicación, y confirmando que la historia puede
ser un arte, se sumergía en los viejos papeles y era
capaz de extraer de ellos los datos necesarios para reconstruir
lo que, sin ninguna duda, también era parte de su historia.
Muchas veces he pensado que su capacidad para iluminar los acontecimientos
del pasado nacía de la reflexión que era inherente
a su personalidad y a su actividad como anátomo-patólogo,
aunque él siempre decía que resultaba más
fácil dar un diagnóstico médico que establecer
las razones o las sinrazones que explican las conductas humanas.
Su entusiasmo intelectual era contagioso y resultó fundamental
en aquellos momentos en que las dificultades –y las oscuridades-
impedían avanzar, provocando incertidumbre y un cierto
desaliento. Sin ese ánimo, que mantuvo hasta días
antes de su muerte, hubiera sido difícil concluir esta
obra.
Este libro, en segundo lugar, también tiene una deuda
con quienes consideraron necesario conservar los legajos en
los que fueron quedando testimonios de la historia de la Escuela
de Medicina. Algo tan simple como guardar no es frecuente, quizás
porque nuestra mentalidad quedó marcada por un cierto
rechazo a todo lo que dijera relación con el pasado desde
que, en 1810, se comenzara a construir la Patria estimando que
lo que habíamos sido hasta entonces era sinónimo
de “oscurantismo” y que, por lo mismo, era necesario
olvidar. Por fortuna, esto no ocurrió en la Escuela de
Medicina y sus primeras autoridades –costumbre que prosiguieron
las siguientes- decidieron cuidar los documentos en los que
fueron quedando rastros –a veces nítidos, otras
borrosos- de la aventura que se emprendió en 1929. Este
material –y los muy importantes antecedentes que se recopilaron
en el Archivo de nuestra Universidad- proporcionaron la abundante
información que sirvió para armar esta obra, cuyo
paciente fichaje se debe en gran parte a Marcelo López.
Sin su espíritu de trabajo, generosidad y entusiasmo,
no hubiéramos podido reunir los datos que forman la base
de nuestro relato, los cuales, por otra parte, pudimos comprender
mejor –e insertar en el cuadro de la época- gracias
a la fundamental investigación sobre nuestra Universidad
de los profesores Ricardo Krebs, María Angélica
Muñoz y Patricio Valdivieso.
La historia que hemos escrito, como toda historia hecha por
hombres, tiene luces y sombras. Los autores pensamos en algún
momento que quien nos había encargado esta obra sugeriría
la conveniencia de pasar por alto esas últimas, y subrayar
más bien los logros y grandes momentos vividos, al estilo
de las hagiografías que destacan los aspectos positivos
y olvidan todo aquello que –se piensa- pudiera empañar
una determinada vida institucional. Para nuestra sorpresa el
doctor Gonzalo Grebe no puso ningún reparo al respecto
y nos incentivó a contar toda la historia, en un clima
de total libertad intelectual. Por eso están presente
en ella, junto con sus grandes éxitos, las discusiones
y pugnas entre sus miembros, o entre sus autoridades y las de
la Casa Central, así como las posturas de sus alumnos
y las de sus funcionarios administrativos, muchas veces no coincidentes
con las de aquéllas, en el entendido que todos los anteriores
habían contribuido a construir su historia.
Desde mi punto de vista, resultó sorprendente comprobar
que esa historia dejaba en evidencia que los médicos,
a la hora de organizar la enseñanza, tenían dudas,
cambiaban, volvían sobre antiguas posturas o proponían
medidas innovadoras y era por eso que la Escuela, a lo largo
de los años, había tenido diferentes planes de
estudio, su estructura había variado, el examen de admisión
y las exigencias a sus estudiantes se había modificado
y, desde luego, muchas cosas más. Quedaba así
de manifiesto que no había existido una idea sobre lo
que debía ser dicha institución y que esto acontecía
porque no había dogmas académicos al respecto,
siendo normal, por lo mismo, que se revisara lo que se hacía
y se estuviera abierto, en un clima de gran libertad, a introducir
las mejoras que recomendara la propia experiencia o los centros
más prestigiosos.
Esta constatación, por otra parte, nos llevó a
recordar que el doctor Pedro Rosso, en el prólogo que
escribió para un libro del doctor Chuaqui, planteó
que la historia de la medicina, entre otras cosas, era necesaria
porque “revelaba de manera patente la precariedad de los
paradigmas del saber médico y la transitoriedad de muchos
de sus postulados”. En medida significativa, este libro
corrobora esa verdad. Pero sus autores creen que también
sugiere que, no obstante ese trasiego intelectual, la Escuela
de Medicina tuvo y tiene una gran certeza: que su misión
es contribuir a preparar un médico no sólo de
ciencia; sino también de conciencia, como lo decía
don Carlos Casanueva para resumir su ideal de formar un profesional
que, además de estar dotado de conocimientos para curar,
poseyera la capacidad para aliviar y, sobre todo, para intentar
mitigar ese gran misterio que es el dolor.
No quisiera terminar sin decir que el cuidadoso diseño
de esta obra, así como una serie de sugerencias sobre
su texto, se deben a Mary Ann Streeter y el título de
la misma al doctor Jorge Dagnino. Gabriela Echeverría,
por su parte, directora de publicaciones de nuestra Universidad,
contribuyó decisivamente para que este libro -Médicos
de Ciencia y de Conciencia- pudiera ser editado.
A todos ellos, muchas gracias